domingo, 28 de febrero de 2010

PODEMOS ESCUCHAR HOY SU VOZ

Millones se han convertido porque un hombre esperó hasta escuchar la voz de Dios. Saulo “cayendo en tierra oyó una voz” y cuando él llegó a ser Pablo, siguió escuchando esa voz. El Señor habló de hombre a hombre con él.

Pedro permitió que la voz del Salvador llegase a él. “Pedro subió a la azotea para orar…Y le vino una voz (Hechos 10:9,13).

Toda la raza de los Gentiles fue bienvenida al reino, junto con la casa de Cornelio, porque un hombre obedeció una voz. Estamos viviendo en los mismos tiempos del Nuevo Testamento al igual que Pablo y Pedro, y nosotros también, debemos permitir que Su voz venga a nosotros. “Si oís hoy su voz …” ¡Lo que Dios podría hacer con los Cristianos que aprendan a escuchar del cielo!

En lugar de esperar a que Su voz venga a nosotros, corremos buscando sesión tras sesión con consejeros y psicólogos Cristianos, y leemos libros y escuchamos grabaciones – queriendo escuchar de Dios. Buscamos una palabra clara de dirección para nuestras vidas y queremos que los pastores nos digan lo que está bien y lo que está errado. Deseamos un líder a quien seguir, un diagrama para el futuro. Pero son pocos los que saben cómo ir al Señor y escuchar su voz. Muchos saben cómo conseguir la atención de Dios – tocar a Dios realmente – pero no saben nada de que Dios los alcance a ellos.

“Los que tienen oídos para oír, oigan lo que dice el Espíritu” (ver Mateo 11:15).

Dios quiere sacudir la tierra una vez más.

“Mirad que no desechéis al que habla, pues si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desechamos al que amonesta desde los cielos. Su voz conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido diciendo: Una vez más conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo” (Hebreos 12:25-26).

Él ha prometido, “Otra vez mi voz se oirá. Aquellos que la escuchen conmoverán la tierra, y los cielos y la tierra serán conmovidos. Al escuchar mi voz, lo que sea desatado en la tierra será desatado en el cielo.”

A la última iglesia, la iglesia de Laodicea, el Señor le dice:

“Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

“Estoy pidiendo ser escuchado. Ábreme. Déjame entrar a tu lugar secreto. Quiero hablarte y que tú me hables. Tengamos comunión. Así es como te guardaré de la hora de tentación que está viniendo a todo el mundo.”