martes, 24 de noviembre de 2015

EL MARAVILLOSO AMOR DE DIOS

¿Qué hay detrás del juicio contencioso? ¿Por qué los siervos de Dios, a quienes se les ha perdonado tanto personalmente, maltratan a sus hermanos y rehúsan tener comunión con ellos? Podemos seguirle la huella hasta el pecado más doloroso posible: El menosprecio de la bondad de Dios.

Llegué a esta conclusión sólo después de haber examinado mi propio corazón por la respuesta. Recordé mi propia lucha por aceptar la misericordia y la bondad de Dios hacia mí. Por años, Yo había vivido y predicado bajo una atadura legalista. Traté con todas mis fuerzas de cumplir con los estándares que pensaba que me llevarían a la santidad. Pero estas eran mayormente sólo una lista de “haz esto” y “no hagas lo otro.”

La verdad es que estaba más cómodo acompañado de estruendosos profetas que al estar en la cruz, donde mi necesidad estaba expuesta al desnudo. Yo predicaba paz, pero nunca la experimenté completamente. ¿Por qué? Porque Yo estaba inseguro del amor del Señor y de su paciencia por mis fallas. Yo me veía tan débil y tan malvado que era indigno del amor de Dios. Engrandecía mis pecados por encima de Su gracia.

Debido a que Yo no sentía el amor de Dios por mí, juzgaba a todos los demás. Veía a otros en la misma forma en que me percibía a mí mismo: como negociadores. Esto afectó mi predicación. Yo gritaba contra la maldad en otros mientras la sentía levantarse en mi propio corazón. Como el siervo ingrato, no había creído en la bondad de Dios hacia mí. Y porque yo no me apropiaba de Su amor y tolerancia por mí, yo no la tenía para otros.

Finalmente, la interrogante real empezó a aclararse para mí. Ya no era: “¿Por qué tantos cristianos son duros y rencorosos?” Ahora yo preguntaba: “¿Cómo puedo yo cumplir los mandamientos de Cristo de amar a otros como Él me amó a mí, cuando yo no estoy convencido de que Él me ama a mí?”.

Pablo amonesta: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:31-32).