miércoles, 27 de mayo de 2015

EL MAYOR DOLOR DEL ALMA DE CRISTO

¿Cuál es el mayor sufrimiento que puede experimentar el alma de Cristo? Creo que es una generación, que ha recibido total e ilimitado acceso a Jesús, y no viene a Él.

Por siglos el pueblo de Dios ha rogado y suplicado por ir más allá del velo. Ansiaron y anhelaron ver la bendición que tenemos hoy. El acceso que disfrutamos hoy es el mismo acceso que anheló Moisés. Es el mismo acceso que el corazón de David anheló pero que no pudo lograr. Este es el acceso que Daniel nunca tuvo aunque oraba al Señor tres veces al día. Nuestros antepasados vieron que este acceso iba a estar disponible en nuestros días y se regocijaron por nosotros.

Sin embargo, nosotros que hemos recibido el derecho a tener este maravilloso regalo lo tomamos por sentado. La puerta se ha abierto para nosotros, sin embargo, rehusamos entrar durante días y hasta semanas. ¡Qué crimen! Cada vez que ignoramos este acceso que Jesús compró para nosotros, pasando casualmente por la puerta, tomamos Su sangre a la ligera. Nuestro Señor nos dijo que teníamos todos los recursos que necesitábamos con tan sólo venir a Él. Sin embargo, continuamos menospreciando Su precioso regalo.

La Escritura nos amonesta: "Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe… Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió" (Hebreos 10:22-23). Este pasaje habla claramente sobre la oración. Dios nos anima: "Entra a Mi presencia frecuentemente, diariamente. No puedes mantener tu fe sino te acercas a Mí. Si no entras confiadamente a Mi presencia, tu fe va a fluctuar".

Puede ser que conozcas cristianos que alguna vez estuvieron encendidos por el Señor. Siempre separaban tiempo de calidad para el Señor, escudriñando Su Palabra y encerrándose con Él. Sabían que tenían que acercarse a Él para mantener su fe viva.

Sin embargo, esos mismos cristianos simplemente "piensan" sus oraciones. O entran apresuradamente a la presencia del Señor por unos minutos, tan sólo para decirle: "Hola Señor. Te bendigo. Por favor, guíame hoy. Te amo, Jesús. Adiós". Perdieron aquel corazón que buscaba a Dios. Ya no tienen la comunión sin apuro que alguna vez disfrutaron. Cuando les preguntas por su abandonada vida de oración, argumentan que están "descansando en la fe".

Te digo, las personas que no oran se convierten pronto en personas sin fe. Cuanto más descuidan el regalo del acceso, rehusando echar mano de la provisión de Dios, más se alejan.