lunes, 26 de abril de 2010

EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA TIERRA PROMETIDA

Dios le dio a nuestro antepasado Abraham la tierra de Canaán “en heredad perpetua” (Génesis 17:8). En Hebreo, la palabrea “perpetua” significa que nunca acaba. Usted puede pensar, “Abraham tenía que haberse regocijado sobre esto. Dios le prometió a sus descendientes una tierra permanente, tan lejos como ellos podrían ver, por que perduraría por toda la eternidad.” Sin embargo, el Nuevo Testamento nos dice que el mundo será destruido por fuego, quemado completamente, dejando de existir, para que el Señor forme un nuevo cielo y una nueva tierra.

Usted puede preguntarse: ¿Cómo puede esta “heredad perpetua” de Dios hacia Abraham ser sólo un pedazo de tierra? ¿Cómo puede eso ser eterno? El hecho es, que esta tierra de promesa era un lugar simbólico más allá de la tierra. Yo creo que Abraham sabía esto en su espíritu. La Biblia dice que mientras Abraham vivía en Canaán, él siempre se sentía extranjero: “Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida, como en tierra ajena” (Hebreos 11:9). ¿Por qué era esto? Era por que el corazón de Abraham anhelaba por algo más que un terreno.

“Por que esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.” (Hebreos 11:10). Abraham podía ver el verdadero significado de la bendición de la tierra, y se dio cuenta que “Esta tierra no es la verdadera heredad. Es sólo un sermón ilustrado de la gran bendición que viene.” Abraham captó el verdadero significado de la Tierra Prometida; él sabía que Canaán representaba al Mesías que había de venir. Jesús mismo nos dice, “Abraham se gozó de que había de ver mi día; y lo vio y se gozó” (Juan 8:56).

El Espíritu Santo permitió a este patriarca mirar hacia los años venideros, a la venida de Cristo. El sabía que el significado de su tierra prometida era un lugar de paz y descanso total. Y, como Abraham supo, ese lugar de descanso es el mismo Jesucristo. Así es, el Señor Jesús es nuestra heredad prometida. Nosotros somos de él, pero él también es nuestro. Y Dios nos invita a obtener nuestra heredad perpetua por simple fe.