domingo, 15 de junio de 2008

LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR SON PARA SIEMPRE

La Biblia nos dice que el Señor no hace acepción de personas. Y dado que Él no muestra favoritismos, porque sus promesas nunca cambian de generación en generación, podemos pedirle que nos muestre las mismas misericordias que le mostró a su pueblo a lo largo de la historia. El rey Manasés pecó más que cualquier otro rey antes que él, sin embargo, cuando él se arrepintió, fue restaurado (ver 2 Reyes 21:1-18).

Las misericordias del Señor son para siempre, y sus ejemplos precedentes de misericordias pasadas debieran darnos la certeza y la libertad para traerle a Él nuestras peticiones. Así que, amado santo, cuando usted sienta que ha pecado demasiado a menudo contra la misericordia del Señor, cuando piense que ya es demasiado y que Dios ha tirado la toalla respecto a usted, cuando esté desanimado, derribado por el fracaso o por su conducta poco cristiana, cuando se pregunte si Dios ya lo “relegó” a una repisa, o que está reteniendo su amor de usted a causa de sus pecados pasados, si usted verdaderamente tiene un corazón arrepentido, entonces aprópiese de esta verdad: DIOS NO CAMBIA.

Enlace a Dios con su Palabra. Escriba cada recuerdo que tenga de lo que Él ha hecho por usted en el pasado. Luego vaya a la Escritura y encuentre otras instancias de “misericordias precedentes” para con su pueblo. Traiga esta lista delante del Señor y hágale recordar: “Dios, tú no puedes negar tu propia Palabra. Tú eres el mismo ayer, hoy y para siempre”.

Le insto a que no descuide el hacerlo. A menudo nos apresuramos en hacer nuestras peticiones en la presencia de Dios, apasionada y celosamente. Pero nos marchitamos en nuestra vida de oración, por no venir preparados a su trono. Debemos tener una posición firme cuando venimos a Dios. La verdadera osadía no comienza con emociones; comienza cuando estamos completamente persuadidos. De modo que debemos elaborar un caso de antemano, no solamente para presentárselo a Dios sino para fortalecer nuestra fe misma.

Hoy tenemos algo en lo cual, los santos del Antiguo Testamento sólo podían soñar. Y me refiero al Mismo Hijo de Dios, sentado a la diestra del Padre-Juez. Conocemos al Hijo, porque es nuestro hermano de pacto de sangre, por adopción. Y podemos reclamar nuestro vínculo sanguíneo con Él, cada vez que estemos de pie frente al Juez, y ligarlo a sus propios argumentos: “Padre, no tengo nada que darte, sólo tu propia Palabra. Tú prometiste que yo estaría completo en Cristo, que no permitirías que caiga, y que Jesús sería mi intercesor. Prometiste abrir tu oído a mi petición y proveerías para todas mis necesidades. ¡Oh, Señor, ten misericordia y gracia para conmigo ahora, en mi tiempo de necesidad! Amén.

Creo firmemente que Dios maravillosamente bendecido cuando nosotros nos acercamos a su trono con este tipo de osadía, comprometiéndolo con su propia Palabra. Es como si Él nos dijera: “Finalmente, lo obtuviste, ¡me has bendecido!”.