miércoles, 20 de abril de 2016

EL PAGO DE LA INCREDULIDAD

Lucas 19 nos da una gran imagen de Jesús haciendo su entrada triunfal a Jerusalén. La imagen es de Cristo acercándose a la ciudad montado sobre un pollino en medio de alabanzas de una gran multitud. Comenzó en el monte de los Olivos, y a medida que se acercaba a la ciudad, la muchedumbre iba creciendo. Pronto, la gente estaba tendiendo sus mantos ante él, ondeando ramas de palmeras y gritando: “¡Él está aquí! La hora se ha cumplido para que llegue el rey de Israel. La paz ha venido a Jerusalén. ¡Finalmente, el reino está aquí!”
¿Por qué había tal regocijo? Porque “ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente” (Lucas 19:11). En la mente de las personas, Jesús anunciaba la llegada del prometido “reino de Dios sobre la tierra”.
Pero esto no significa que ellos confiaran en él como su Mesías. Su único pensamiento era que el reino de Dios había comenzado: “¡Adiós, régimen romano! No habrá más guerras, porque nuestro rey se levantará con espada y vencerá a todos nuestros enemigos. Veremos paz en Jerusalén y en Israel, sin más esclavitud ni escasez de alimento. Al fin Dios ha enviado a su esperado rey”.
 Nadie en aquella escena habría esperado lo que ocurrió a continuación. Mientras Jesús descendía del monte y las multitudes le gritaban alabanzas, echó una mirada sobre Jerusalén y rompió en llanto. “Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella” (Lucas 19:41). ¡Aquí está Dios mismo en carne y hueso, llorando!
¿Cuál era la razón de sus lágrimas? La descarada incredulidad de las personas. Tu puedes pensar: “Pero estas multitudes estaban cantándole alabanzas a él, gritando hosannas. Eso no me suena a incredulidad”. Pero las Escritura nos dice que Jesús conocía lo que había en el corazón de los hombres. 
Jesús vio el día que vendría en pago de su incredulidad, y profetizó a aquella multitud: “Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación” (Lucas 12:43-44, itálicas añadidas).