jueves, 30 de octubre de 2008

¡EL CRECIMIENTO EN GRACIA PUEDE SER DETENIDO!

Pablo les advierte a los efesios: “No seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14). Usted pensará: “Este versículo no se aplica a mí. Mi fundamento es bíblicamente sólido. Yo no soy llevado por estas modas del evangelio y artificios frívolos que distraen a la gente de Cristo. Yo estoy arraigado y cimentado en la palabra de Dios”.

Aun así, oigan el resto del versículo de Pablo: “…llevados por…estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios 4:14). Quizás usted no pueda ser perturbado por una falsa doctrina. Pablo dice que usted podría ser llevado por un asunto totalmente diferente. Él está preguntando: “¿Es usted llevado por doquiera a causa de los planes malignos de aquéllos que se oponen a usted?”.

El mensaje de Pablo nos hace examinarnos otra vez: ¿Cómo reaccionamos ante la gente que nos llama hermanos y hermanas en Cristo, pero esparce falsedades respecto a nosotros?

Cuando Pablo ordena: “Ya no seamos niños”, nos está diciendo: “Tus enemigos, los que hacen uso de chisme y calumnia, fraude y manipulación, malicia y astucia, engaño e hipocresía; yo les digo, todos ellos son hijos rebeldes. Se han desviado y estropeado. Y no han permitido que la gracia de Dios obre en ellos, Así que, no caigas en sus juegos malignos e infantiles. Ellos quieren que tú reacciones a su bajeza como lo haría un niño. Pero no debes responderles con niñerías”.

En el siguiente versículo, Pablo nos insta a avanzar hacia la madurez: “sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efesios 4:15). Él está diciendo: “No puedes impedir los desprecios que recibes, las heridas que te causan, el chisme hecho contra ti, el fraude y engaño dirigido a tu persona. Sin embargo, puedes usar estas cosas para crecer en gracia. Míralas como oportunidades para ser más como Cristo. Responde suavemente, con un espíritu manso. Perdona a los que te utilizan maliciosamente”.

miércoles, 29 de octubre de 2008

LA ORACION QUE SACUDE AL INFIERNO

Cuando el libro de Daniel fue escrito, Israel estaba en cautiverio en Babilonia. Y, por el capitulo seis, después de una larga vida ministerial, Daniel tenía ochenta años.

Daniel fue siempre un hombre de oración. Y ahora, en su vejez, no pensaba bajar la guardia. Las Escrituras no mencionan que Daniel se haya agotado o desanimado. Por el contrario, Daniel apenas comenzaba. La Escritura muestra que aun a sus ochenta años, sus oraciones sacudían al infierno, enfureciendo al diablo.

El rey Darío promovió a Daniel al oficio más alto en toda la nación. Daniel llegó a ser uno de los tres presidentes de igual nivel, quienes regían sobre príncipes y gobernadores de 120 provincias. Darío favoreció a Daniel sobre los otros dos presidentes, poniéndolo a cargo de desarrollar la política de gobierno y de capacitar a todos los miembros del tribunal e intelectuales (Daniel 6:3).

Obviamente, Daniel era un profeta ocupado. Sólo alcanzo a imaginarme los tipos de presión que existían sobre este ministro, con su ocupado horario y reuniones que le absorbían el tiempo. Nada, sin embargo, podía apartar a Daniel de su tiempo de oración; él nunca estaba demasiado ocupado para no orar. La oración seguía siendo su ocupación central, por encima de todas las otras exigencias. Tres veces al día, él se retraía de todas sus obligaciones, cargas y exigencias como líder para pasar tiempo con el Señor. Simplemente de retiraba de todas las actividades y oraba. Y Dios le respondía. Daniel recibía toda su sabiduría, dirección, mensajes y profecías mientras estaba de rodillas (Daniel 6:10).

Usted se preguntará: ¿Cuál es la oración que sacude al infierno? Viene del siervo diligente y fiel, que ve su nación e iglesia cayendo más y más en pecado. Esta persona cae de rodillas, clamando: “Señor, no quiero aislarme de lo que está sucediendo. Déjame ser un ejemplo de tu poder guardador en medio de este siglo pecaminoso. No importa si nadie más ora, yo voy a orar”.

¿Demasiado ocupado para orar? ¿Dice usted: “Yo simplemente lo recibo por fe”? Quizás piense: “Dios conoce mi corazón; Él sabe cuán ocupado estoy. Yo oro en mi mente a lo largo del día”.

Creo que el Señor desea calidad, un tiempo no apresurado a solas con nosotros. La oración, entonces, se convierte en un acto de amor y devoción, no sólo en un tiempo de petición.

martes, 28 de octubre de 2008

SOLICITANDO EL PODER QUE ESTÁ EN CRISTO

Mientras Jesús pasaba sus últimas horas con sus discípulos, les dijo: “De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Juan 16:23). Luego, les dijo: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” (Juan 16:24).

¡Qué increíble declaración! Mientras esta escena se llevaba a cabo, Cristo les advertía a sus seguidores que Él partiría y que nos los vería por un breve momento. Sin embargo, con las mismas, Él les aseguraba que ellos tenían acceso a toda bendición del cielo. Todo lo que tenían que hacer era pedir en Su nombre.

Los discípulos habían sido enseñados personalmente por Jesús a tocar, buscar y pedir por las cosas de Dios. Fueron enseñados de primera fuente que todas las bendiciones del Padre, toda la gracia, el poder y la fuerza, se encontraban en Cristo. Y ellos habían oído a Jesús, cuando declaró a las multitudes: “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:12-14).

Las palabras de Cristo a los discípulos me convencieron: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre” (Juan 16:24). A medida que leía esto, escuché al Señor, susurrándome: “David, tú no has solicitado el poder que he puesto a tu disposición. Simplemente debes pedir en mi nombre”.

Acá tenemos, lo que creo que entristece el corazón de Dios más que la combinación de todos los pecados de la carne. Nuestro Señor es entristecido por la constante y creciente falta de fe en Sus promesas…por las constantes y crecientes dudas respecto a si Él responde las oraciones…y es finalmente entristecido, por un pueblo que solicita cada vez menos del poder que está en Cristo.

No importa cuánto haya usted pedido ser semejante a Cristo; eso no es nada en comparación a los recursos de la sabiduría espiritual que siguen aguardándonos en su almacén. ¡Pida en grande! Pida sabiduría, pida dirección, pida revelación. Pero debe pedir con fe, sin dudar nada.

lunes, 27 de octubre de 2008

¿CUÁN GRANDE ES TU JESÚS?

Juan 14 contiene dos magníficas promesas. En la primera, Jesús declara: “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:12-14). Jesús lo dice con total claridad y simpleza: “Pidan cualquier cosa en mi nombre y Yo lo haré”.

Dos versículos después, Jesús promete: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:16-18). Acá Cristo está diciendo: “Voy a darles el Espíritu de Verdad. Y su poder permanecerá en ustedes”.

Se trata de dos increíbles promesas de Jesús. Sin embargo, note el versículo emparedado entre éstas: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). ¿Por qué aparece aquí esta declaración? Cristo nos está diciendo: “Hay un asunto de obediencia ligado a estas promesas”. En resumen, ambas promesas tienen que ver con guardar y obedecer la Palabra de Dios. Fueron dadas para ser cumplidas, de modo que nada nos impida solicitar el poder que es Cristo.

Estoy convencido de que pedir poco o nada en el nombre de Jesús es un reproche para Él. Año tras año, muchos cristianos se contentan con menos y menos. Finalmente, se contentan tan sólo con la salvación. No tienen otras expectativas aparte de llegar al cielo algún día.

Le pregunto: “¿Llegó usted al final de su Cristo? ¿No espera nada más que ser salvo por Su poder y gracia? ¿Su Cristo se agota con apenas la fuerza suficiente para sobrevivir un día más? ¿Termina Él con usted en el lugar ocasional de paz y gozo, en medio de una vida mayormente vivida bajo el hostigamiento de Satanás?

Todos estos pasajes en la Palabra de Dios me convencen de que “mi” Jesús es más grande que mis peticiones. Aun así, tristemente, muchos creyentes hacen que Cristo se vea insignificante y sin poder a causa de su incredulidad. Amado, yo no quiero que mi Cristo sea limitado. Por el contrario, quiero que todo diablo en el infierno sepa cuán grande es mi Dios al ver cuán grandes son mis peticiones. Quiero más de mi Cristo. Quiero que sea más grande que nunca en mi vida.

domingo, 26 de octubre de 2008

EL ESCRIBIÓ NUESTRO NOMBRE EN SU MANO

¡Qué increíble autoridad se nos ha dado en la oración! Pero, ¿cómo exactamente, hacemos uso de dicha autoridad? A través del mismo nombre de Cristo. Vea usted, cuando pusimos nuestra fe en Jesús, Él nos dio Su nombre. Su sacrificio nos hace aptos para decir: “Yo soy de Cristo, Yo estoy en Él, Yo soy uno con Él”. Luego, sorprendentemente, Jesús tomó nuestro nombre. Como sumo sacerdote nuestro, Él lo escribió en la palma de Su mano. Y de esta manera, nuestro nombre es registrado en el cielo, bajo Su glorioso nombre.

Usted puede ver por qué la frase “en el nombre de Cristo” no es una simple fórmula impersonal. Por el contrario, es una posición literal que tenemos con Jesús. Y esa posición es reconocida por el Padre. Jesús nos dice: “En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios” (Juan 16:26–27).

Acá vemos por qué Jesús nos ordena orar en su nombre. Está diciendo: “Cada vez que piden en mi nombre, su petición tiene el mismo poder y efecto con el Padre que mi petición; como si estuviera Yo mismo pidiéndoselo”. En otras palabras, es como si nuestra oración fuera hecha por el mismo Jesús delante del trono del Padre. Así también, cuando imponemos manos sobre los enfermos y oramos, Dios lo ve como si Jesús estuviera imponiendo manos sobre los enfermos para sanarlos.

Esta es la razón por la que debemos venir confiadamente al trono de gracia. Debemos orar con confianza: “Padre, estoy delante de ti, como escogido en Cristo para ir y dar fruto. Ahora extiendo mi petición, para que mi gozo sea cumplido”.

Oigo a muchos cristianos decir: “Pedí en el nombre de Jesús, pero mis oraciones no fueron respondidas”. Estos creyentes declaran: “Intenté reclamar el poder en el nombre de Jesús. Pero simplemente no funcionó conmigo”. Hay muchas razones por las que no recibimos respuestas a nuestras oraciones. Quizás hemos permitido algún pecado en nuestras vidas, algo que contamina nuestra unión con Cristo. Esto se convierte en barricadas que detienen el fluir de Su bendición. Y Él no responderá nuestras oraciones hasta que hayamos abandonado nuestro pecado.

O, quizás el bloqueo se debe a tibieza, o desánimo hacia las cosas de Dios. Puede ser que estemos siendo vencidos por la duda, lo cual nos descalifica del poder en Cristo. Santiago nos advierte: “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor” (Santiago 1:6-7).

Santiago dice claramente: “El que duda, no recibirá nada de Dios”. La palabra que Santiago usa para dudar significa “estar indeciso”. La verdad es que cuando estas personas hacen sus peticiones, coaccionan a Dios, dicen en sus corazones: “Señor, si me respondes, te serviré. Te daré todo, si tan sólo respondes esta oración. Pero si no, viviré mi vida a mi manera”.

Sin embargo, Dios no puede ser sobornado. El conoce nuestros corazones, y sabe cuándo estamos indecisos en nuestro compromiso con Su Hijo. Él reserva el poder que está en Cristo para aquéllos que se rinden enteramente a Él.

jueves, 23 de octubre de 2008

ÉL LO QUIERE TODO

“Bienaventurados todos los que confían en él… nunca más llorarás; el que tiene misericordia se apiadará de ti; al oír la voz de tu clamor… Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él… a la mano derecha… a la mano izquierda… Vosotros tendréis cántico como de noche… y alegría de corazón” (Isaías 30:18-19,21,29). Isaías estaba diciendo: “Si tan sólo esperaran en el Señor, si clamaran a Él otra vez, y volvieran a confiar en Él, Él haría por ustedes todo lo que he dicho y aun más”.

Con un pequeña palabra de Dios, el enemigo podría desmayar delante de nosotros: “Porque Asiria que hirió con vara, con la voz de Jehová será quebrantada” (Isaías 30:31). Amado, no hay problema que nuestro Padre no pueda resolver, no existe batalla que Él no pueda ganar en nuestro favor con una simple palabra de sus labios. Isaías dice “el soplo de Jehová” consumirá todo lo que se ponga en nuestro camino (Isaías 30:33).

Sin embargo, este proceso de confiar en Dios en todas las cosas no es fácil. Recientemente busqué al Señor acerca de una situación concerniente a las instalaciones de la iglesia, en la ciudad de Nueva York. Le dije a Dios: “Confío en ti respecto a esto, Padre. Te he buscado al respecto y estaré en paz respecto a ello”. Así es como Él me respondió: “David, estoy sorprendido de que puedas confiar en mí respecto a tus propiedades, finanzas y otras cosas materiales. Pero, aún no confías en mí respecto a tu bienestar físico”.

Había estado muy consciente de mi edad. Y había estado excesivamente preocupado por lo que le sucedería a mi familia, después de mi partida. Ahora, las palabras de convicción del Señor me golpearon como un rayo. Había puesto en sus manos, toda preocupación material, mas no las preocupaciones eternas. Me di cuenta: “Señor, tú quieres que confíe en ti con todo, ¿no es así?”.

Sí, amado santo, Él lo desea todo, su salud, su familia, su futuro. Él desea que usted le confíe todos sus asuntos. Y Él quiere que usted viva en quietud, confianza y reposo. Así que, vaya a su lugar secreto y enciérrese con el Señor. Tráigale todo. Él ha prometido: “Oirás mi palabra detrás de ti, diciéndote qué camino debes seguir. Este es el camino, ahora, ¡camina en él!”.

La evidencia de la fe es el descanso. La confianza trae como resultado la paz de la mente. Y la verdadera fe confía en Sus manos, todas las cosas.

miércoles, 22 de octubre de 2008

FUERZA ESPIRITUAL Y CONFIANZA

El Espíritu Santo nos da la fuerza cuando dejamos todas nuestras necesidades en las manos de Dios y confiamos en su poder.

Rut es un ejemplo de este tipo de confianza. Después de que su marido murió, Rut vivió con su suegra, Noemí. Noemí estaba preocupada por el bienestar y el futuro de Rut. Así que le aconsejó a Rut que se acueste a los pies del acomodado Booz y le pida que cumpla su obligación hacia ella como pariente.

Aquella noche, después de finalizar de aventar el grano, Booz se acostó “a un lado del montón” (Rut 3:7) y se cubrió. A la mañana siguiente, se levantó perplejo, viendo a una mujer acostada a sus pies. (No había nada inmoral en la presencia de Rut ahí; ésta era una costumbre común en aquellos días).

Rut le dijo: “Extiende el borde de tu capa sobre tu sierva, por cuanto eres pariente cercano” (Rut 3:9). Ella estaba diciendo, en esencia: “¿Aceptarás la obligación que representa ser mi pariente? ¿Me proveerás?” Ella en realidad estaba preguntando: “¿Te casarás conmigo?”.

Esta no era una artimaña de manipulación. Rut y Noemí habían hecho todo en el orden divino. Podemos estar seguros de ello, porque el linaje de Cristo vino a través de Rut. Cuando Rut regresó a casa, Noemí le preguntó: “¿Qué hay hija mía?” (Rut 3:16). Estaba preguntando, en otras palabras: “¿Debiera llamarte Rut la novia, o sigues siendo Rut, la viuda?”.

Rut le contó a Noemí todo lo que había sucedido. Escuchen el consejo piadoso de Noemí: “Entonces Noemí dijo: Espérate, hija mía, hasta que sepas cómo se resuelve el asunto; porque aquel hombre no descansará hasta que concluya el asunto hoy” (Rut 3:18). Noemí había orado acerca del asunto, buscando la dirección de Dios, y Dios le había dado consejo. Le había hecho recordar la ley del pariente-redentor (que era un tipo y sombra de Cristo). Así que, Noemí tenía la confianza de que tanto ella como Rut habían hecho su parte. Ahora era momento de quedarse quietas y confiar que Dios haga lo que había prometido. Ella estaba diciendo: “Todo está en las manos del Señor ahora, Rut. Sólo relájate y mantente en calma”.

La casa de Noemí se llenó de calma y paz. Nadie estaba frenético, ni mordiéndose las uñas, ni preguntaban: “¿Lo hará Dios? ¿Cuándo sucederá?” Estas dos fieles mujeres pudieron relajarse, cantar y alabar al Señor por su bondad.

¿Ha orado usted? ¿Ha confiado? ¿Está listo para estar quieto y “ver la salvación del Señor”? Él tiene todo bajo control.

martes, 21 de octubre de 2008

VOLVIÉNDONOS UN PUEBLO DE ORACIÓN

En Jeremías 5, Dios imploró: “Recorred las calles de Jerusalén, y mirad ahora, e informaos; buscad en sus plazas a ver si halláis hombre, si hay alguno que haga justicia, que busque verdad; y yo la perdonaré” (Jeremías 5:1). Lo que el Señor estaba diciendo, en esencia era: “Seré misericordioso, si tan sólo pudiera hallar una persona que me busque”.

Durante el cautiverio babilónico, Dios halló a tal hombre en Daniel. Y ahora, más que nunca en la historia, el Señor está buscando el mismo tipo de hombres y mujeres piadosos. Él busca siervos fieles que estén dispuestos a “hacer vallado” y “pararse en la brecha”, obras que sólo pueden ser logradas a través de la oración.

Tal como Daniel, tal persona será encontrada con la Palabra de Dios en su mano. Cuando el Espíritu Santo vino sobre Daniel, el profeta estaba leyendo el libro de Jeremías. Fue entonces, que el Espíritu le reveló que el tiempo de liberación había llegado para Israel. A medida que venía la revelación, Daniel fue llevado a orar: “Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios…” (Daniel 9:3-4).

Daniel sabía que el pueblo de Dios no estaba listo para recibir su restauración. Aun así, ¿mandó el profeta castigar al pueblo por sus pecados? No, Daniel se identificó a sí mismo con el decaimiento moral que le rodeaba. Él declaró: “Hemos pecado…nuestra es la confusión de rostro…porque contra ti pecamos” (Daniel 9:5, 8).

Dios anhela fuertemente bendecir a su pueblo hoy, pero si nuestras mentes están contaminadas con el espíritu de este mundo, no estamos en posición de recibir sus bendiciones. Daniel hizo esta poderosa declaración: “Todo este mal vino sobre nosotros; y no hemos implorado el favor de Jehová nuestro Dios, para convertirnos de nuestras maldades y entender tu verdad. Por tanto, Jehová veló sobre el mal y lo trajo sobre nosotros…” (Daniel 9:13–14).

Si examináramos nuestro propio caminar con el Señor y dejáramos que el Espíritu Santo nos muestre las áreas en las que hemos cedido, haríamos más que orar por una nación apartada de Dios. Estaríamos clamando: “Oh Señor, escudriña mi corazón. Expón en mí cada parte del espíritu de este mundo que ha penetrado en mi alma”. Como David, recién entonces podremos fijar nuestros rostros para orar por la liberación de nuestras familias, de nuestra nación”.

lunes, 20 de octubre de 2008

DIOS ESTÁ A PUNTO DE HACER ALGO NUEVO Y GLORIOSO

“Pero actué a causa de mi nombre, para que no se infamase a la vista de las naciones” (Ezequiel 20:14).

Dios está a punto de hacer algo nuevo y glorioso. Este asunto nuevo va más allá del avivamiento, más allá de un despertar. Es una obra de Dios que sólo Él comienza cuando no puede soportar más la contaminación de su santo nombre. Llega el momento en el que Dios determina que Su Palabra ha sido tan sumergida en el fango, y las abominaciones han contaminado tanto a lo que se llama “iglesia”, que Él debe levantarse y defender Su nombre frente a un mundo perdido.

“Por causa de su propio nombre”, Dios va a hacer dos obras poderosas. Primero, Él va a purgar a las naciones y a Su iglesia con asombrosos juicios de redención. Va a detener la invasión a Su casa, de homosexuales y charlatanes; y purificará y limpiará el ministerio, para levantar pastores según Su corazón.

Segundo, Dios va glorificar su santo nombre con una gran intervención de misericordia. En medio de juicios cumpliéndose, Dios salvará dicho día a través del “tornarse” sobrenaturalmente a Dios mismo de un remanente. Lo que hizo por Israel, cuando estaban siendo juzgados, lo hará otra vez en los días venideros.

Puede leerlo todo en Ezequiel 36:21-38. En resumen, esto es lo que fue profetizado: “Tendré dolor de mi santo nombre que ha sido profanado entre los impíos…no por causa de ustedes, sino por causa de mi propio nombre. Los impíos deben saber que Yo soy Dios. Esparciré agua limpia sobre ustedes y serán limpios de su inmundicia. Les daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Haré que anden en mis caminos. Los salvaré de toda suciedad. No por causa de ustedes hago esto, sino por causa de mi propio nombre”.

“Mas retraje mi mano a causa de mi nombre, para que no se infamase a la vista de las naciones ante cuyos ojos los había sacado… Y sabréis que yo soy Jehová, cuando haga con vosotros por amor de mi nombre, no según vuestros caminos malos ni según vuestras perversas obras, oh casa de Israel, dice Jehová el Señor” (Ezequiel 20:22,44).

domingo, 19 de octubre de 2008

EL SECRETO DE LA FUERZA ESPIRITUAL

“Porque así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza” (Isaías 30:15).

Acá vemos el secreto de Dios para la fortaleza espiritual: “En quietud y en confianza será vuestra fortaleza”. La palabra quietud en hebreo significa “reposo”. Y reposo quiere decir estar calmado, relajado, libre de toda ansiedad; estar quieto, apoyarse sobre un respaldo.

No muchos cristianos hoy, tienen este tipo de quietud y confianza. Muchos están envueltos en un frenesí de actividades, locamente desesperados por obtener riquezas, posesiones y placer. Incluso en el ministerio, los siervos de Dios viven preocupados, en temor, buscando la respuesta en conferencias, seminarios, libros famosos. Todos quieren dirección, soluciones, algo que calme su espíritu. Pero buscan en todo lugar, excepto en el Señor. No se dan cuenta de que Dios ya les dio una palabra para ellos, a través de Isaías: Si no se tornan a Él como fuente, sus luchas acabarán en lamento y confusión.

Isaías describe lo que debiera lograr en nosotros, la justicia de Dios: “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre” (Isaías 32:17). Si en verdad estamos caminando en justicia, nuestras vidas darán como fruto un espíritu calmo, quietud de corazón y paz con Dios.

A medida que Isaías miraba alrededor de él, veía al pueblo de Dios huyendo a Egipto para pedir ayuda, confiando en hombres, apoyándose en carros y caballos. Embajadores iban y venían. Líderes llevaban a cabo reuniones estratégicas de emergencia. Todos estaban en pánico, gimiendo: “¿Qué podemos hacer?”.

Isaías les aseguró: “No tiene por qué ser de esta manera. Vuelvan de sus malos caminos. Arrepiéntanse de la rebeldía de confiar en los demás. Tórnense al Señor y Él los cubrirá con un manto de paz. Él les dará descanso y reposo en medio de todo lo que estén enfrentando”.

jueves, 16 de octubre de 2008

DÍA CUARENTA Y UNO

Suponga que usted se acercara a Jesús en el día cuarenta y uno, el día siguiente de su tentación en el desierto. Su rostro resplandeciente, lleno de regocijo, alabando al Padre, porque acaba de ganar una gran victoria.

Ve a Jesús rebosante de vida y confianza. Ahora está listo para enfrentar los poderes del infierno. Así que se dirige confiadamente a las grandes ciudades que habitan en tinieblas. Predica el evangelio, convencido de la Palabra de Dios. Y sana a los enfermos, sabiendo que Su Padre está con Él.

Ahora, mientras usted examina su propia vida, ve justamente lo opuesto. Usted sigue enfrentando su propia experiencia árida del desierto. Ha soportado ataques feroces de Satanás, y su alma está derribada. No puede evitar el pensamiento: “Jesús nunca pasó estas pruebas que yo estoy pasando. Él está muy por encima de todo esto”.

Quizás usted vea a un ministro que aparenta estar fuerte en la fe; suena tan seguro en la presencia de Dios que usted dice: “Él nunca ha tenido problemas como los míos”. ¡Si tan sólo supiera! Usted no estuvo ahí, cuando Dios llamó a este hombre a predicar y luego lo llevó al desierto para ser duramente tentado. Usted no estuvo ahí, cuando este hombre fue reducido a nada, derrotado por la falta de esperanza. Y usted no sabe que, a menudo, sus mejores sermones han sido producto de las pruebas en su propia vida.

Pablo nos advierte que no comparemos nuestra justicia con lo que pensamos que es la justicia de otros: “Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos” (2 Corintios 10:12).

No podemos ver los corazones de los demás. ¿Quién hubiera sabido que Jesús, en el día cuarenta y uno, acababa de salir de una tentación larga y horrible? ¿Quién hubiera sabido que la gloria que se vio en Él, brotaba de una lucha peor que la que cualquiera pudiera soportar?

Debemos ver sólo a Jesús. Y debemos apoyarnos sólo en su justicia, su santidad. Él nos ha dado a todos el mismo acceso a ello.

Dios le ama en sus momentos de prueba. Su propio Espíritu le ha guiado al desierto. Sin embargo, Su propio Hijo ya estuvo ahí, y sabe exactamente lo que usted está pasando. Permítale completar su obra de edificar en usted una dependencia y confianza total en Él. Saldrá de ahí con la confianza, la compasión y la fuerza de Dios para ayudar a otros.

miércoles, 15 de octubre de 2008

ADELANTE, LLORE

Cuando tenga el mayor dolor, ¡vaya a su lugar secreto y llore toda su desesperanza!

Jesús lloró. Pedro lloró, ¡amargamente! Pedro llevó consigo el dolor de negar al mismo hijo de Dios. Aquellas lágrimas amargas obraron en él un dulce milagro. Él volvió para sacudir el reino de Satanás.

Jesús nunca aleja su mirada de un corazón que llora. Él dijo: “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmos 51:17). Jamás dirá el Señor: “¡Guarda la compostura! ¡Ponte de pie y toma tu medicina! ¡Cálmate y seca tus lágrimas!”. ¡No! Jesús guarda toda lágrima en su frasco eterno.

¿Le duele? Entonces adelante ¡llore! Y siga llorando hasta que sus lágrimas dejen de correr. Pero que dichas lágrimas sólo provengan del dolor, y no de la incredulidad ni de la autocompasión.

La vida continúa. Se sorprendería si supiera cuánto puede soportar cuando Dios lo ayuda. La felicidad no es vivir sin dolor o heridas. La verdadera felicidad es aprender cómo vivir cada día, a pesar de todo el dolor y la pena. Es aprender a regocijarse en el Señor, sin importar lo que haya sucedido en el pasado.

Quizás usted se sienta rechazado o abandonado. Su fe puede haberse debilitado. Quizás piense que está de capa caída. En ocasiones, la tristeza, las lágrimas, el dolor y el vacío pueden absolverlo, pero Dios sigue en Su trono. ¡Él sigue siendo Dios!

Usted no se puede ayudar a sí mismo. No puede detener la pena y el dolor. Pero nuestro bendito Señor vendrá a usted. Y colocará su mano amorosa debajo de usted para levantarlo y sentarlo otra vez en los lugares celestiales. Él lo librará del temor a morir. Él le revelará su amor infinito.

¡Alce sus ojos! Aliéntese en el Señor. Cuando la neblina le rodee, y no pueda ver salida alguna para su dilema, recuéstese en los brazos de Jesús y solamente confíe en Él. Él quiere su fe, su confianza. Quiere que usted levante su voz: “¡Jesús me ama! ¡Él está conmigo! ¡Él no me va a fallar! ¡Él está obrando en ello ahora mismo! ¡No seré derribado! ¡No seré derrotado! ¡No seré una víctima de Satanás! ¡Dios está de mi lado! ¡Yo lo amo y Él me ama!

El centro de todo es la fe. Y la fe descansa sobre esta verdad absoluta: “Ninguna arma forjada contra ti prosperará…” (Isaías 54:17).

martes, 14 de octubre de 2008

LA MEDIDA DE LA GLORIA DE DIOS

“Les dijo también…con la medida con que medís, os será medido, y aun se os añadirá a vosotros los que oís. Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará” (Marcos 4:24–25).

Jesús sabía que estas palabras pudieran sonar extrañas en oídos no espirituales, así que precede Su mensaje diciendo: “Si alguno tiene oídos para oír, oiga” (Marcos 4:23). Jesús nos está diciendo: “Si tu corazón está abierto al Espíritu de Dios, entenderás lo que tengo que decirte”.

¿Qué, exactamente está diciendo Jesús en este pasaje? Está hablando de la gloria de Dios en nuestras vidas, esto es, la presencia manifiesta de Cristo. En resumen, el Señor mide su presencia gloriosa en diversas cantidades, sea en iglesias o en individuos. Algunos no reciben nada de su gloria. Sin embargo, otros reciben una medida siempre creciente, que emana de sus vidas e iglesias en cantidades cada vez mayores.

Dios ha prometido derramar su Espíritu a su pueblo en estos últimos días. De hecho, toda la Escritura apunta a una iglesia triunfante, llena de gloria al final de los tiempos. Jesús mismo dijo que las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia. No iremos cojeando al cielo, golpeados, deprimidos, derrotados, desanimados. No, nuestro Señor dará más poder a su iglesia. Este poder no será manifestado tan sólo con señales y prodigios. Será revelado en su pueblo, en la gloriosa transformación de corazones tocados por el Espíritu de Dios.

¿Cómo podemos obtener una mayor medida, siempre creciente de la gloria de Cristo? El Señor nos los dice muy claramente: “con la medida con que medís, os será medido” (Marcos 4:24). Jesús está diciendo: “Según la porción de ti mismo que me des a mí, te devolveré una porción similar. Trataré contigo en la manera en que tú tratas conmigo. Cualquiera que sea la medida que me atribuyas, Yo te la atribuiré a ti”.

Si usted atribuye a Dios pereza y flojera, tomando por sentada su gran obra, usted será tratado con un espíritu de sueño. “La pereza hace caer en profundo sueño, y el alma negligente padecerá hambre” (Proverbios 19:15). Como resultado, su alma tendrá hambre, incapaz de ser saciada.

El amor, la misericordia y la gracia de Dios hacia nosotros son ilimitados. El asunto aquí no es obtener su amor, misericordia o gracia, sino tener la bendición de su gloria en nuestras vidas.

Jesús declara que Él mide distintas cantidades de Su gloria en nosotros, según cómo lo medimos a Él en nuestro corazón. Nuestra labor es simplemente acercarnos siempre a Él, en nuestra adoración, obediencia y diligencia.

lunes, 13 de octubre de 2008

CUANDO NOS DUELE

De una manera u otra, todos sentimos dolor. Toda persona en la Tierra lleva su propia carga de dolor.

Cuando uno está profundamente dolido, ninguna persona en la Tierra puede apagar los temores internos ni las más profundas agonías. Ni el mejor amigo puede entender la batalla que uno está pasando o las heridas infringidas.

¿Existe algún bálsamo para un corazón quebrantado? ¿Hay sanidad para aquellas profundas heridas internas? ¿Se pueden juntar los pedazos y hacer que el corazón sea aun más fuerte? ¡Sí! ¡Absolutamente sí! Y si no se pudiera, entonces la Palabra de Dios sería una trampa y Dios mismo sería un mentiroso. ¡Eso no puede ser!

Dios no le prometió a usted una forma de vida sin dolor. Él le prometió una “salida”, le prometió ayudarle a llevar su dolor; fuerzas para ponerlo otra vez de pie cuando la debilidad lo hace tambalear.

Nuestro Padre amoroso dijo: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).

Su Padre celestial cuida de usted sin parpadear. Cada movimiento es monitoreado. Cada lágrima es almacenada. Él se identifica con su mismo dolor. Él siente todo dolor. Nunca permitirá que usted se ahogue en sus lágrimas. No permitirá que su dolor deteriore su mente. Él promete venir, justo a tiempo, para enjugar sus lágrimas y darle gozo en lugar de luto.

Usted tiene la capacidad de hacer que su corazón se regocije y se alegre en el Señor. El ojo de Dios está sobre usted y le ordena levantarse y soltar todos esos miedos que causan duda.

domingo, 12 de octubre de 2008

TODA LA GRACIA QUE NECESITAMOS PARA VENCER

Con frecuencia hemos oído definir gracia como favor no merecido y bendición de Dios. Sin embargo, creo que la gracia es mucho más que esto. En mi opinión, gracia es todo lo que Cristo es para nosotros en nuestros tiempos de sufrimiento: el poder, la fuerza, la ternura, la misericordia y el amor para llevarnos a través de nuestras aflicciones.

Mientras miro los años pasados, años de grandes pruebas, sufrimiento, tentación y aflicción; puedo testificar que la gracia de Dios ha sido suficiente. Sé lo que es cuestionar a Dios mientras mi esposa soportaba el cáncer, vez tras vez, y luego nuestras dos hijas fueron también golpeadas. Hoy, las tres están saludables y fuertes y por ello doy gracias al Señor. Sé también, lo que es ser abofeteado por un mensajero de Satanás. He sido gravemente tentado y he tenido enemigos levantándose contra mí por todos lados. He sido azotado por rumores, acusado falsamente y rechazado por mis amigos. En aquellos momentos de oscuridad, caía sobre mis rodillas y clamaba a Dios.

Su gracia siempre me ha llevado a través de todo. Y eso es suficiente por hoy. Luego, algún día en gloria, mi Padre me revelará el hermoso plan que tenía de principio a fin. Me mostrará cómo obtuve paciencia a través de todas mis tribulaciones; cómo aprendí compasión por los demás; cómo se perfeccionó su poder en mi debilidad; cómo aprendí de su asombrosa fidelidad hacia mí; cómo anhelaba ser más como Jesús.

Quizás aún nos preguntemos por qué, pero eso sigue siendo un misterio. Estoy preparado para aceptarlo hasta que Jesús venga por mí. No veo final para mis pruebas y aflicciones. Las he tenido durante más de cincuenta años de ministerio, y sigo contándolas.

Aun así, a lo largo de todo, se me sigue dando una medida siempre creciente del poder de Cristo. De hecho, mis grandes revelaciones de su gloria han venido durante mis tiempos más duros. Así también, en sus momentos más bajos, Jesús pondrá en usted la medida completa de su poder.

Quizás nunca entendamos nuestro dolor, depresión o incomodidad. Quizás nunca sepamos por qué nuestras oraciones por sanidad no fueron respondidas. Pero no tenemos que saber por qué. Nuestro Dios ya nos respondió: “Tienes mi gracia, y, amado hijo, eso es todo lo que necesitas”.

jueves, 9 de octubre de 2008

RESISTID Y ÉL HUIRÁ

Satanás tentó a Jesús con la siguiente oferta: “Todo esto te daré, si postrado me adorares” (Mateo 4:9). Esto suena tan extraño, tan ridículo, ¿cómo podría ser considerado como una tentación? Aunque usted no lo crea, ésta era una tentación sutil y poderosa. Satanás estaba desafiando a Jesús, al decirle: “Te prometo que si tan sólo te inclinas levemente a mis pies, en un sencillo acto de adoración, abandonaré la pelea. Rendiré todo mi poder sobre estos reinos. Ya no poseeré a nadie ni esclavizaré a ninguno. Sé que amas a la humanidad tanto como para ser maldecido por Dios por causa de ellos. Entonces, ¿por qué esperar? Te puedes sacrificar ahora mismo, y liberar al mundo a partir de este momento”.

¿Por qué estaba dispuesto el diablo a rendir todo su poder por esto? Estaba tratando de salvar su propio pellejo. Satanás sabía que su destino eterno estaba determinado en el Calvario. Así que, si él pudiera tan sólo impedir que Jesús fuera a la cruz, podría librarse de tal destino.

Usted se estará preguntando: “¿Qué tiene que ver esto conmigo?” Satanás sigue tentando a los justos con una oferta similar. Satanás viene a nosotros con amenazas y acusaciones. Nos dice: “No tienes que adorarme, porque yo ya tengo acceso a tu carne. Conozco todas tus debilidades. Así que, anda nomás y testifica sobre tu libertad en Cristo. Cuando estés cantando tus alabanzas más fuertes, me impondré sobre tu mente con maldad. Traeré tu pecado a ti de una forma tan poderosa, que perderás toda esperanza de ser libre. No tienes poder”.

¿Cómo respondemos a las acusaciones de Satanás? “Resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). No importa cuántas tentaciones Satanás lance sobre usted. Usted no tiene por qué temer ningún pecado de su pasado. Si la sangre de Cristo lo ha cubierto, entonces el diablo no puede hacer nada para separarlo a usted del Padre.

miércoles, 8 de octubre de 2008

CUANDO SURGEN PREGUNTAS

“Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mateo 4:2-3).

En el momento en que Jesús era físicamente vulnerable, el diablo trajo su primera tentación.

No había pecado en tener hambre. Así que, ¿cuál era el asunto aquí? Satanás estaba desafiando a Jesús: “Si eres completamente Dios, entonces tienes el poder de Dios en ti. Y ahora mismo, estás en una situación muy dura. ¿Por qué no usas el poder que Dios te ha dado para librarte a ti mismo? ¿No te dio Él dicho poder para ver si lo usarías correctamente?”.

Acá tenemos una de las tentaciones más insidiosas que enfrenta el verdadero pueblo de Dios. Como Jesús, el ejemplo, usted tiene una pasión por Dios. Ha decidido rendirse a Él con todo su corazón. Luego el Señor lo lleva a experimentar el desierto y, luego, surgen preguntas. Usted comienza a desorientarse y duda sobre el propósito eterno de Dios en su vida. Y mientras trata de orar y obtener la victoria, las tentaciones de Satanás parecieran ser más feroces que nunca.

El enemigo quiere que usted viva independientemente del Padre. El diablo dice: “Tu sufrimiento no es de Dios. No tienes que pasar por esto. Tienes el poder de Dios en ti, por el Espíritu Santo. Di la palabra, libérate a ti mismo. Satisface tu propia hambre”.

La primera artimaña de Satanás fue crear un fracaso del poder. Esperaba que Dios no honrase el clamor de Jesús por pan, si lo hubiera pedido. Si el poder del cielo fallara, entonces Cristo dudaría de su divinidad y se alejaría de su propósito eterno en la Tierra. Segundo, Satanás sabía que Jesús fue enviado para hacer sólo lo que el Padre le dijo. De modo que se propuso convencer a Cristo a que desobedezca por su propio bienestar. De esa forma, si Jesús usaba su poder ahora, para evitar el sufrimiento, podría hacer lo mismo luego, para evitar la cruz.

Así que, ¿cómo respondió Jesús a la tentación del diablo? “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Cristo dijo, en esencia: “Mi venida a la Tierra no tiene que ver con mis necesidades, dolores, heridas o comodidad física. He venido a dar a la humanidad, no a salvarme a mí mismo”.

Aun en ese nivel de sufrimiento, Jesús no perdió de vista su propósito eterno. Y si nuestro Señor aprendió dependencia y compasión a través de una experiencia en el desierto, nosotros también.

martes, 7 de octubre de 2008

UN VIAJE POR EL DESIERTO

Dietrich Bonhoeffer, el teólogo alemán, esbozó al cristiano como alguien tratando de cruzar un mar con pedazos de hielo flotando. El cristiano no puede quedarse en ningún lugar mientras cruza, excepto en su fe, que Dios lo hará. No puede detenerse mucho tiempo en ningún lugar, de lo contrario se hunde. Después de dar un paso, debe estar atento del siguiente. Debajo de él está el abismo y delante de él, la incertidumbre, pero siempre más adelante, está el Señor, ¡firme y seguro! Él no ve la tierra aun, pero ahí está: una promesa en su corazón. ¡Así que el viajero cristiano mantiene sus ojos fijos en su meta!

Prefiero pensar en la vida como un viaje por el desierto, como el de los hijos de Israel. Y la batalla del rey Josafat, junto con todos los hijos de Judá, es también nuestra batalla (ver 2 Crónicas 20). De hecho, se trata de un desierto; sí, hay serpientes, pozos secos, valles de lágrimas, ejércitos enemigos, arenas calientes, sequía, montañas intransitables. Pero cuando los hijos del Señor se pararon firmes para ver Su salvación, Él les puso una mesa en medio de dicho desierto, llovió maná del cielo, destruyó ejércitos enemigos con su solo poder, sacó agua de las rocas, quitó el veneno de las mordidas de serpientes, los guió con la columna y la nube, les dio leche y miel, y los trajo a la Tierra Prometida con mano fuerte y poderosa. Y Dios les mandó que le dijeran a todas las generaciones venideras: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6).

Cese de buscar ayuda en la dirección incorrecta. Apártese con Jesús en un lugar secreto; cuéntele todo acerca de su confusión. Dígale que no tiene otro lugar a dónde ir. Dígale que confía que Él lo llevará al otro lado. Será tentado a tomar el asunto en sus propias manos. Querrá descifrar las cosas a su manera. Se preguntará incluso si Dios está obrando. No hay nada que perder. Pedro lo resumió todo: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68).

“Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isaías 45:22).

“Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá” (Miqueas 7:7).

lunes, 6 de octubre de 2008

AFLICCIONES DE SANIDAD

“Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; MAS AHORA guardo tu palabra” (Salmos 119:67).

Yo creo en la sanidad. Yo creo en la aflicción. Yo creo en las “aflicciones de sanidad”. Cualquier aflicción que evite que me desvíe, que me profundice en Su Palabra, es sanidad. La mayor fuerza de gracia para la sanidad espiritual y física puede ser la aflicción.

Sugerir que el dolor y la aflicción son del diablo es sugerir que David fue guiado por el diablo a buscar la Palabra de Dios. He sufrido gran dolor. He clamado a Dios por liberación y he creído que me dará una completa sanidad. Sin embargo, mientras voy creyendo, continúo dándole gracias a Dios por la situación presente y permito que sirva para recordarme cuán dependiente de Él soy en verdad. Puedo decir junto con David: “Bueno me es” (Salmos 119:71).

El dolor y la aflicción no deben ser menospreciados, como si vinieran del diablo. Tales cargas han producido grandes hombres de fe y profundidad.

“Echando toda vuestra ansiedad sobre él…” (1 Pedro 5:7).

Pablo habló de la “preocupación” por las iglesias confiadas a él. (ver 2 Corintios 11:28). Cada iglesia nueva era otra “preocupación” sobre sus hombros. El crecimiento, la expansión, el ensanchamiento de estacas siempre implican nuevas preocupaciones. El hombre que Dios use, debe tener hombros amplios. No debe encogerse ante el desafío de las numerosas preocupaciones y responsabilidades. Cada paso de fe que Dios me guía a dar, ha traído junto con él, numerosas preocupaciones y problemas nuevos. Dios sabe exactamente cuántas preocupaciones nos puede confiar. No es que Él busque quebrarnos, en salud o fuerza; es simplemente que obreros dispuestos hay pocos y ¡la cosecha es tan grande! Las preocupaciones son quitadas de aquéllos que las rechazan y dadas como dones a aquéllos que no tienen miedo de éstas. Olvide las preocupaciones que está llevando, ¿no podemos acaso echarlas todas sobre Él?

Toda bendición nueva está relacionada a una familia de preocupaciones. No pueden divorciarse. Usted no puede aprender a vivir con la bendición hasta que aprenda a vivir con las preocupaciones.

domingo, 5 de octubre de 2008

EL INEXORABLE AMOR DE DIOS

Quiero hablarle sobre la palabra inexorable. Significa no disminuido en intensidad o esfuerzo; que no cede, inalterable e incapaz de ser cambiado o persuadido por argumentos. Ser inexorable quiere decir mantener fijamente un curso determinado.

¡Qué descripción tan maravillosa del amor de Dios! El amor de nuestro Señor es absolutamente inexorable. Nada puede impedir o disminuir su búsqueda amorosa tanto de pecadores como de santos. David, el salmista, lo expresó de esta manera: “Detrás y delante me rodeaste… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás” (Salmos 139:5, 7–8).

David se está refiriendo a los grandes altibajos que enfrentamos en la vida. Está diciendo: “Hay momentos en los que estoy tan bendecido que me siento como flotando de gozo. En otros momentos, me siento como si estuviera viviendo un infierno, condenado e indigno. Pero no importa donde estoy, Señor, no importa cuán bendecido me sienta, o cuán baja sea mi condición, Tú estás ahí. No puedo escapar de tu amor inexorable. Y tampoco puedo ahuyentarlo. Tú nunca aceptas mis argumentos de cuán indigno soy. Aun cuando soy desobediente, pecando contra tu verdad, tomando por sentada tu gracia, nunca dejas de amarme. ¡Tu amor por mí es inexorable!

Necesitamos considerar el testimonio del apóstol Pablo. Mientras leemos sobre la vida de Pablo, vemos a un hombre decidido a destruir la iglesia de Dios. Pablo era como un desquiciado en su odio hacia los cristianos. Respiraba amenazas de muerte contra todo aquél que siguiera a Jesús. Pedía la autorización del sumo sacerdote para perseguir creyentes, sacarlos de sus casas y arrastrarlos a la prisión.

Después de convertirse, Pablo testificó que aun durante esos años llenos de odio, mientras él estaba lleno de prejuicios, matando ciegamente a los discípulos de Cristo, Dios lo amaba. El apóstol escribió: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Dijo, en esencia: “Aunque yo no era consciente de ello, Dios me estaba buscando. Él insistía en buscarme en amor, hasta aquél día en el que literalmente me derribó de mi gran caballo. Eso fue el inexorable amor de Dios”.

A través de los años, Pablo estaba cada vez más convencido de que Dios lo amaría fervientemente hasta el fin, a través de todos sus altibajos. Él declaró: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38–39). Estaba declarando: “Ahora que soy de Dios, nada puede separarme de su amor. Ningún diablo, ni demonio, ni principado, ni hombre, ni ángel; nada puede impedir que Dios me ame”.

jueves, 2 de octubre de 2008

HOMBRE PROBADO

“Dios lo dejó, para probarle” (2 Crónicas 32:31).

Nos hemos preocupado tanto en probar a Dios que no hemos preparado nuestros corazones para las grandes pruebas de la vida en las que Dios prueba al hombre. ¿Puede ser que la gran prueba que usted está ahora afrontando, la carga que usted está llevando, es, en realidad, Dios obrando en usted, probándolo?

“Probó Dios a Abraham, y le dijo: Toma ahora tu hijo… y ofrécelo allí en holocausto” (Génesis 22:1-2). Dios probó una nación entera para saber lo que en realidad había en su corazón. “Te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos” (Deuteronomio 8:2).

Vemos algo asombroso en 2 Crónicas 32:31: Dios dejó a un gran rey por una temporada, para probarlo. “Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón”.

A menudo, mientras el siervo del Señor se encuentra en una búsqueda correcta de la obra de Dios, éste se halla a sí mismo, aparentemente abandonado, probado hasta los límites de su resistencia y dejado solo en la batalla contra las fuerzas del infierno. Todo hombre que haya sido bendecido, ha sido probado de la misma manera.

¿Se encuentra usted en circunstancias extrañas? ¿Se siente solo y abandonado? ¿Pelea una batalla perdida contra un enemigo impredecible? Éstas son señales de un proceso de prueba.

La victoria siempre es deseada, pero en caso de fallar, recuerde: Es aquello que queda en su corazón en lo que Dios está interesado, su actitud después de haber ganado o perdido la batalla solitaria. Su devoción hacia Él a pesar del fracaso, es el deseo de Dios.

Jesús ha prometido nunca dejarnos o abandonarnos, pero el registro de la Escritura revela que hay momentos en los que el Padre abstiene su presencia para probarnos. Aun Cristo experimentó ese momento solitario en la cruz. Es en esos momentos, en los que nuestro bendito Salvador es más sensible a nuestras debilidades, y susurra: “Yo oro por ti, que tu fe no falte”.

Jesús dice que debemos tomar nuestra cruz y seguirle (ver Mateo 16:24). ¿Qué es la cruz? Es la carne con su fragilidad y debilidad. Tómela, muévase en fe, y la fuerza de Dios se perfeccionará en usted. La cruz del “yo” y el pecado, que usted lleva, ¿es muy pesada? Entonces, amigo mío, tome su cruz y siga. ¡Él entiende y está ahí, a su lado, para levantar la pesada carga!

miércoles, 1 de octubre de 2008

CRISTO HA GANADO LA BATALLA POR USTED

Durante los últimos meses, he leído muchas cartas tristes, lamentables de creyentes que aún siguen atados a hábitos pecaminosos. Multitudes de cristianos escriben: “No puedo dejar de apostar…Estoy en las garras de la adicción al alcohol…Estoy siendo infiel a mi pareja y no puedo cortar con ello…Soy un esclavo de la pornografía”. Carta tras carta estas personas están diciendo lo mismo: “Amo a Jesús y he rogado a Dios que me libere. He orado, llorado y buscado consejo de Dios. Pero simplemente no puedo desatarme. ¿Qué puedo hacer?

He pasado mucho tiempo buscando al Señor, pidiéndole sabiduría para saber cómo responder a estos creyentes. Mi oración es: “Señor, tú conoces la vida de tus hijos. Muchos son santos devotos, llenos del Espíritu Santo, aun así, no obtienen tu victoria. No conocen la libertad. ¿Qué está sucediendo?”

En cierto punto, estudié los pasajes bíblicos que contenían las promesas de Dios a su pueblo. Recordé que el Señor nos ofrece librarnos de la caída, presentarnos sin faltas y justificarnos por fe, santificarnos por fe, guardarnos en santidad por fe. Su promesa es que nuestro viejo hombre sea crucificado por fe, y que seamos trasladados a su reino por fe.

La única cosa en común a todas estas promesas es esta frase: “por fe”. De hecho, todos estos aspectos son asuntos de fe, según la palabra de Dios. Entonces, llegué a la única conclusión clara respecto a estos problemas de lucha de dichos cristianos: en algún lugar en lo más profundo de su atadura, hay incredulidad. Todo se simplifica a una sencilla falta de fe.

¿Está usted luchando para obtener la victoria por su fuerza de voluntad? ¿Está usted peleando la batalla en su vieja naturaleza? Pablo señala: “Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5).

Su victoria no debe venir a través de llorar o luchar, sino a través de la fe de que Jesucristo ha ganado la batalla por usted.

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6). De hecho Pablo dice que sólo hay una condición unida a las promesas de Dios: “… permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído” (Colosenses 1:23).

Cristo lo rindió todo a su Padre, para poder un Hijo totalmente obediente. Y nosotros también debemos ser así. Debemos ser completamente dependientes del Padre, tal como Cristo lo fue.