ÉL NO AMENAZABA

Aquí hay una verdad asombrosa relacionada con el sufrimiento de Cristo: “Cuando era maldecido, no replicaba con una maldición; padeciendo, no amenazaba” (1 Pedro 2:23).

¡Qué tremenda declaración!: “padeciendo, no amenazaba”. Ni una sola vez se defendió de los que le maltrataban. Él no castigó ni se vengó de nadie.

¡Qué distinto a nosotros! Nosotros amenazamos cuando el sufrimiento se vuelve insoportable, nos defendemos, constantemente protegemos nuestros derechos y reputación, y lo peor de todo, amenazamos a Dios. Es una cosa muy sutil, y la mayoría de nosotros no somos conscientes de lo que estamos haciendo. Cuando nuestras oraciones no son respondidas, cuando los problemas y desastres golpean de nuestras vidas, cuando parece que el Señor nos ha decepcionado y terminamos solos y heridos, nos alejamos de Dios. Descuidamos la oración y la lectura de la Biblia. Todavía le amamos, pero dejamos nuestro celo. Empezamos a distanciarnos y nuestra fe se apaga, se vuelve inactiva. Todas esas respuestas son amenazas contra el Señor.

Cada vez que retrocedemos en la búsqueda del Señor con todo nuestro corazón, lo estamos amenazando. Es una manera sutil de decir: “Señor, hice lo mejor que pude y Tú me decepcionaste.”

El Señor tiene infinita paciencia con aquellos de nosotros que sufren. Espera con amor hasta que regresemos a Su tierno cuidado. Pero esto puede convertirse en una forma de vida, una amenaza a la fidelidad de Dios, si nos negamos a despertar y renovar nuestra fe y esperanza en Él. Algunos se desilusionan tanto, que ceden a sus deseos y pasiones. Se entregan a sus deseos porque la batalla parece tan imposible, que es su manera de decir: “¿De qué sirve? Le pido a Dios que me ayude, que me libre, pero la ayuda nunca llega. Todavía tengo esta cosa en mí, después de todas mis lágrimas y oraciones.”

Finalmente todo se reduce a esto: “Tengo el derecho de hacerlo, porque he sido herido profundamente.” Es una amenaza a Dios, una manera de vengarse de Él por no responder la oración a tiempo.

¡Amados, hay esperanza! ¡El Señor de los Ejércitos está con nosotros! Sólo Él es nuestro guardador, no dejará que sus hijos resbalen o caigan. Él nos sostiene en la palma de su mano.

Hagamos lo que Cristo hizo. Él “se encomendaba al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23). "Encomendarse" es poner tu vida completamente en sus manos. Renunciar a tu lucha, dejar de tratar de lograr algo en tu propia fuerza, y encomendar el cuidado de tu cuerpo y alma al Señor de los Ejércitos!