domingo, 14 de diciembre de 2008

VINIENDO A SU MESA

Un antiguo cántico tiene un significado profundo para mí, dice: “Jesús ha puesto una mesa / Donde los santos de Dios son alimentados / Él invita a su pueblo escogido, venid y comed”.

¡Qué perspectiva tan emocionante: El Señor ha puesto una mesa en los cielos, para sus seguidores! Jesús les dijo a sus discípulos: “Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino” (Lucas 22:29-30). Tener hambre de Él significa que, por fe, nosotros también estamos sentados en esta mesa.

Cuando el apóstol Pablo instruye: “Celebremos la fiesta” (1 Corintios 5:8), él quiere decir que debemos claramente entender que se nos ha asignado un sitio en los cielos con Cristo en su mesa real. Pablo está diciendo: “Siempre preséntate. Que nunca se diga que tu sitio está desocupado”.

La triste verdad es que la iglesia de Jesucristo simplemente no comprende lo que significa celebrar la fiesta. No entendemos la majestad y honor otorgado a nosotros al haber sido exaltados por Cristo para sentarnos con Él en los lugares celestiales. Nos hemos convertido en personas demasiado ocupadas como para sentarnos en su mesa. Obtenemos erróneamente nuestro gozo espiritual del servicio; en lugar de obtenerlo de la comunión. Hacemos más y más para un Señor que cada vez conocemos menos y menos. Nos desgastamos hasta quedar en harapos por su obra, entregando nuestros cuerpos y nuestras mentes, pero rara vez celebramos la fiesta.

Lo único que nuestro Señor busca sobre todo lo demás, de sus siervos, ministros y pastores es la comunión en su mesa. Esta mesa es un lugar de intimidad espiritual y es puesta a diario. Celebrar la fiesta significa venir a Él continuamente para obtener alimento, fuerza, sabiduría y comunión.

A partir de la Cruz, todos los gigantes espirituales han tenido una cosa en común: Reverenciaban la mesa del Señor. Ellos se perdían en la inmensidad de Cristo. Todos ellos murieron lamentando el haber conocido tan poco de Él y su vida.

Hoy nuestra visión de Cristo es demasiado pequeña y limitada. Se necesita un evangelio de “inmensidad” para vencer los problemas complicados y crecientes de esta perversa generación. Mire, Dios no “tan sólo” soluciona los problemas en este mundo, ¡Él los traga en su inmensidad! Alguien que tenga una revelación creciente de la inmensidad de Cristo no tiene por qué temer a ningún problema, ningún diablo, ningún poder en esta Tierra. Sabe que Cristo es mayor que todo ello. Si tuviéramos este tipo de revelación de cuán grande, ilimitado, inconmensurable, infinito e inmenso es Él, nunca más volveríamos a ser agobiados por los problemas de la vida.

Pablo es un ejemplo para nosotros. Él estaba comprometido a tener una revelación siempre creciente de Cristo, de hecho, todo lo que Él recibió de Cristo vino por revelación; le fue enseñado a Él en la mesa del Señor y fue hecho verdad en él por el Espíritu Santo. Recuerde que recién después de tres años de su conversión, Pablo pasó tiempo con los apóstoles en Jerusalén, y se quedó con ellos sólo quince días antes de seguir con sus viajes misioneros. Más adelante, dijo: “Por revelación me fue declarado el misterio” (Efesios 3:3). El Espíritu Santo conoce los secretos profundos y ocultos de Dios, y Pablo oraba constantemente por el don de la gracia para entender y predicar: “las inescrutables riquezas de Cristo” (Efesios 3:8).

El Señor está buscando creyentes que no estén satisfechos con analizar todas las voces conflictivas para hallar una verdadera palabra. Él quiere que nosotros tengamos hambre de una revelación de Él, una revelación que sea toda nuestra, una intimidad profunda, personal.