jueves, 11 de diciembre de 2008

DESDE EL CAMPO DE BATALLA DE LA FE

Cuando Pablo decidió ir a Jerusalén, no fue porque había oído que allí había un avivamiento. No se trataba de un predicador desanimado buscando alguien a quien impartir algo de parte de Dios. No, él lo indica claramente: “Subí…a Jerusalén…según una revelación, y…expuse en privado a los que tenían cierta reputación el evangelio que predico” (Gálatas 2:1-2). Pablo fue a Jerusalén para compartir un misterio que Dios quería revelar a su pueblo”.

Este hombre piadoso tenía su propia revelación plena y gloriosa de Cristo. No aprendió las doctrinas que enseñaba encerrado en un estudio con libros y comentarios. No era algún filósofo aislado que soñara con verdades teológicas, pensando: “Algún día mis obras escritas serán leídas y enseñadas por futuras generaciones”.

Déjeme contarle cómo y cuándo produjo Pablo sus epístolas. Las escribió en húmedas y oscuras celdas de prisión. Las escribió mientras se limpiaba la sangre de su espalda luego de haber sido azotado. Las escribió después de arrastrarse desde el mar, habiendo sobrevivido otro naufragio.

Pablo sabía que toda la verdad y la revelación que él enseñaba provenían del campo de batalla de la fe. Y se regocijaba en sus aflicciones por causa del evangelio. El dijo: “Ahora puedo predicar con toda autoridad a cada marinero que haya pasado un naufragio, a cada prisionero que haya estado encerrado sin esperanza, a todos los que alguna vez vieron la muerte cara a cara. El Espíritu de Dios me está haciendo un veterano probado, así que puedo hablar su verdad a todo aquél que tenga oídos para oír.

Dios no le ha entregado a usted al poder de Satanás. No, Él permite la prueba que usted está pasando, porque el Espíritu Santo está ejecutando una obra invisible en usted. La gloria de Cristo está siendo formada en usted para toda la eternidad.

Usted nunca conseguirá verdadera espiritualidad de alguien o algo. Si quiere saborear la gloria de Dios, ésta vendrá a usted, donde usted se encuentre, en sus circunstancias actuales, agradables o desagradables.

Creo que uno de los mayores secretos de la espiritualidad de Pablo era que siempre estaba listo para aceptar cualquier condición que le tocara vivir, sin quejarse. El escribe: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11).

La palabra hebrea “contentar” significa “bajar la guardia”. Pablo dice: “No intento protegerme de mis circunstancias desagradables ni le ruego a Dios que me las quite. Por el contrario, las abrazo. Sé, por mi experiencia con el Señor, que Él está obrando algo eterno en mí”.

“…para que podáis soportar.” (1 Corintios 10:13). La palabra “soportar”, que Pablo utiliza acá, implica que nuestra condición no va a cambiar. El punto es que nosotros soportemos bajo dicha situación. ¿Por qué? Dios sabe que si Él cambia nuestra condición, terminaremos destruidos. Él permite que nosotros suframos porque nos ama.

Nuestra parte en cada prueba es confiar en que Dios nos dará todo el poder y recursos que necesitamos para hallar contentamiento en medio de nuestro sufrimiento. Por favor, entiéndame: Contentarnos en nuestras pruebas no significa que las disfrutemos. Simplemente quiere decir que ya no tratamos de protegernos de éstas. Nos contentamos, quedándonos quietos y soportando lo que nos toque, porque sabemos que nuestro Señor está conformándonos a la imagen de su Hijo.